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Salvemos el futbol

No es oro todo lo que reluce. Más allá de los grandes clubes, los contratos millonarios y las extravagantes campañas de publicidad, existe otro fútbol. El fútbol de barro y medias bajadas, de balones descosidos, de “gambeteros”de barrio. El fútbol empírico, de héroes  de chándal, de dorsales que resbalan de las camisetas. La verdadera esencia del balompié.
Corren tiempos difíciles para los soñadores, nostálgicos y románticos del deporte rey. Hoy prevalece el imperialismo deportivo que ejercen los grandes clubes. El yugo de la crisis económica global sujeta un deporte cada vez más elitista. El gran periodista uruguayo,
Eduardo Galeano, afirmaba:  “La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria,
ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí”. El fútbol actual es una alegoría al capitalismo más mezquino.
Como diría Darwin, “sólo los fuertes sobreviven”. Los débiles no tienen cabida en este sistema de mercantilización del talento. Los clubes modestos, asfixiados por la situación económica, están abocados a la desaparición. Los jóvenes ya no juegan, los árbitros no arbitran, y el público no disfruta. Y todo por culpa de la ruin gestión de un gobierno de “tijera” y “recorte”. El deporte rey vive inmerso en una espiral de decadencia progresiva. El fútbol actual es una falacia, un carrusel de promesas incumplidas y sueños rotos.
Huelgas, encierros y sentadas ya no es sólo palabrería activista. Estalló la revolución del fútbol. Una revolución que se vive cada domingo en los estadios de Segunda B, Tercera y Regional. La refundación o la desaparición son las dos vías de escape que contemplan estas entidades. Empezar de nuevo, con una economía saneada y sin deudas es, sin duda, la mejor solución. El hincha que ama a su equipo no entiende de nombres, colores o categorías. Estuvo en los momentos buenos y estará en los malos, siempre fiel a su equipo.
En el viejo cajón de sastre de la historia de este deporte quedarán los derbis regionales, las tardes de domingo, el suelo repleto de cáscaras de pipas, y aquelimprovisado speaker con labufanda de su equipo animando sin cesar.